El problema no es el avance de la tecnología sino cómo nos vinculamos con ella y la constante banalización que, como seres humanos, hacemos de la vida. Al emprender, también.
Porque lo que predomina en la mayoría de los sectores no son nuevas técnicas de producción, energías limpias o procesos optimizados. Sino que la tecnología que veneramos es la del móvil con más funciones, la cámara más versátil y la IA capaz de hacer el trabajo por nosotros.
Si a eso le sumamos las redes sociales y el streaming como eje central de nuestras vidas, vemos que la tecnología no es más que un facilitador, cada vez más desarrollado, de nuestra propia cultura del show y la exaltación.
Vivimos en sociedades donde todo necesita ser visible, impactante, narrable y emocionante. Si no, no es, no existe, no tiene lugar.
“Ver” resulta adictivo, “mostrar” es una gran fuente de presión social. Porque si no podés ser performable tenés que caer en la brutalidad: drama, chisme, exposición. Como negocios, lamentablemente, también.
La visibilidad a cualquier precio se volvió una obligación, relegando sentido y profundidad bajo el único objetivo deseable: sobresalir.
Algunas personas estarán convencidas que “es así”, otras, “que no tienen otra opción” pero te puedo asegurar que si todo esto, como a mí, te incomoda, hay otra alternativa. Y las marcas conscientes necesitamos abrazarlas y ponerlas en práctica para dejar de ser solo un espectáculo y empezar a concretar acciones que transformen el entorno.
Del espectáculo a la acción: el branding como acto de resistencia
En esta dicotomía, entre la aparente obligación de figurar y el deseo genuino de ser relevantes, surgen las preguntas que definen nuestra identidad: ¿Qué significa realmente 'mostrar' en este escenario de brutalidad y exposición? ¿Cómo sería, en cambio, 'inspirar' para transformar?
Porque cuando todo es parte de una misma performance superficial, el compromiso y la profundidad se vuelven revolucionarios. Y en ese contexto dejar de buscar que “nos miren” para empezar a buscar que participen en una acción colectiva no es solo una estrategia de comunicación; es una decisión ética y responsable. Es elegir dejar de ser el centro del show para convertirnos en el motor de un cambio que nos trasciende.
La trampa del egocentrismo: “mostrar” como única forma de existir
Mostrar es crear marcas narcisistas. Marcas que consideran que al despertar deseo, fascinación e incluso amor, pueden generar ventas masivas, impulsivas y, muchas veces, innecesarias. A ese modelo aspiracional se lo llama “lovemarks” y es el que, en mayor o menor medida —conozcan o no el término—, persiguen la mayoría de los negocios actuales impulsados por el marketing digital.
El tema es que “mostrar” no solo contribuye a la cultura del show sino que puede generar sentimientos ambiguos que van desde la culpa a la admiración pasando por la envidia, el resentimiento y la justificación.
A ciertas marcas quizás les “sirva” generar ese ruido, pero si genuinamente buscamos que nuestros actos sean tomados como ejemplo “mostrar sin más”, puede ser riesgoso.
Entiendo que lo que se busca es algo así como “si ellos lo hacen yo también puedo”, pero me temo que no siempre es así y en cambio surgen otras realidades:
“Puede hacerlo porque tiene dinero”, “yo no tengo tiempo”, “qué bien le sale, me encanta ver su trabajo”, “me pone mal pensar todo lo que hago mal”. Incluso, reacciones adversas: “no tiene sentido que haga eso”, “¿De qué sirve?’”, “lo hace mal”, “hace esto pero dice otra cosa”.
Seguramente sí genera ese engagement tan deseado pero ¿Qué objetivos cumple? ¿Alimentar el algoritmo y la creciente adicción al espectáculo?, obviamente. ¿Cambiar modelos, ideas y paradigmas? Lo dudo.
Porque para cambiar paradigmas no necesitamos que nos miren; necesitamos cambiar el objetivo: pasar de la fascinación por el “yo” a la inspiración para “hacer entre todos”.
La potencia arrolladora de "Inspirar"
La raíz etimológica de inspirar (in-spirare) es “soplar hacia adentro”. Por ende, si nos despegamos de su mero sentido fisiológico, podemos decir que se trata del proceso de internalizar un estímulo externo para despertar algo propio.
Claro, la inspiración continúa cuando el estímulo desaparece. Es eso que queda resonando: la incomodidad, los cuestionamientos, el entusiasmo por las nuevas ideas desestabilizando paradigmas y agitando el corazón. Por eso inspirar no es impactar ni exhibir, sino provocar movimiento.
La inspiración descentraliza al emisor y devuelve protagonismo al otro. No se trata del “mirá lo que soy”, “mirá lo que logré” tan característico del “mostrar” sino de “acá hay un camino que podrías recorrer”. Opera de manera silenciosa: siembra una inquietud, abre una posibilidad, habilita una decisión. Porque cuando alguien se inspira, algo cambia en su forma de mirar, de elegir o de hacer.
Por eso, la inspiración es incómoda para el sistema del espectáculo, porque no produce espectadores; porque no es medible en likes o visualizaciones; porque no convierte a las personas en consumidores manipulables. Todo lo contrario, la inspiración se propaga de manera no lineal y no centralizada. Es un despertar interno compartido. Es contagio, no campaña.
Su potencia no está en la intensidad del mensaje, sino en su capacidad de ser apropiado, replicado y transformado por otros. Se vuelve imparable cuando logra convertirse en una práctica compartida. Porque solo en esa acumulación de pequeños haceres (dispersos, imperfectos, no coordinados) los cambios dejan de ser relato y comienzan a materializarse.
El Sistema Originaria: Branding para la acción
Este cambio de paradigma (del mostrar al inspirar) no es un hecho aislado, sino la manifestación de una forma de entender el marketing y la comunicación que se apoya en tres ejes fundamentales:
- Branding Consciente: El eje de la identidad. No nace del análisis de la competencia, sino de la coherencia interna. Busca alinear lo que el negocio es con lo que el negocio hace, eliminando las fisuras entre el discurso y la práctica.
- - Branding Social: El eje del propósito. Entiende que ninguna marca es una isla. Su valor se mide por el impacto que genera en el tejido social y humano. Aquí, la marca deja de ser un activo privado para convertirse en un agente de evolución colectiva.
- - Branding Slow: El eje del ritmo. Se opone a la urgencia del algoritmo y la cultura de la inmediatez. Prioriza la profundidad sobre la frecuencia, la calidad sobre la cantidad y el vínculo real sobre el alcance efímero. Es branding diseñado para perdurar.
De Lovemarks a Actionbrands: el cambio es posible
Cuando estos tres ejes convergen, dejamos de construir marcas que solo aspiran a ser deseadas (Lovemarks) para dar vida a organismos orientados a la transformación: las Actionbrands.
Una Actionbrand es, en esencia, un sistema de branding orgánico diseñado para la acción. No busca que el público se detenga a contemplarla, sino que se provea de las herramientas, la narrativa y el sentido necesarios para convertirse en protagonista del cambio.
La marca deja de ocupar el centro del relato para convertirse en una plataforma de prácticas posibles. No busca destacarse, sino multiplicarse en otros. Porque el cambio no ocurre cuando una marca se muestra distinta, sino cuando muchas personas empiezan a hacer algo distinto a partir de ella.
El cambio que el mundo necesita no va a suceder mirando una pantalla, sino en lo que hagas después de apagarla. Acompañame a crear marcas que dejen de mostrar para empezar a inspirar.